Durante los últimos días han caido dos libros entre mis manos: el primero, es el Tercer Chimpancé de Jared Diamond, el segundo es La Fundación y la Tierra de Isaac Asimov. Mientras que el primero busca explicar la procedencia evolutiva del hombre; el segundo busca imaginar el futuro de la especie humana.
La verdad no busqué leerlos a la par, pero el contraste ha sido sumamente interesante. El Tercer Chimpacé explica que el hombre es el tercer tipo de chimpancé que existe (conjuntamente con el chimpancé normal y el chimpancé pigmeo). Su evolución comenzó hace 6 millones de años y decendemos directamente del Cromagnon. Lo interesante de esta evolución es que, primero, no fue lineal; es decir, pudo haber hasta tres distintas especies de humanoides viviendo a la vez. Segundo, no fue el más inteligente el que subsistió a la guerra darwiniana de la evolución: el neanderthal se extinguió, a pesar de tener una capacidad cerebral 10% superior que la del Cromagnon. Al parecer fue el Cromagnon quien lo aniquiló. Todo parece indicar que fue el cromagnon quien desarrolló primero la capacidad de la comunicación y por ello su superioridad. Tercero, la diferencia genética entre un chimpancé y el ser humano es de 1.6%, una oropéndola (ave de norteamérica) de ojos rojos tiene una mayor diferencia genética que otra de ojos blancos. Los biólogos, indican que esta diferencia se encuentra básicamente, en nuestra capacidad de permanecer erguidos y de comunicarnos y en nuestra “programación” reproductiva, que al parecer es bastante más compleja y única de lo que podríamos imaginar.
Evidentemente, los grandes avances de la humanidad fueron la consecuencia directa la evolución gradual del “Hominido Erecto” hasta el hombre actual. El descubrimiento del fuego, el ser altamente eficientes en la caza, el dejar de ser nomades, la capacidad abstracta del arte y nuestra capacidad de transmitir el conocimiento de manera eficiente de generación en generación son consecuencias directas de ese 1,6% de diferencia.
Ahora bien, al leer a Asimov me pusé a pensar que si bien el hombre ha sido capaz de innovar el mundo que lo rodea, de hacer descubrimientos inigualables, en gran medida, como consecuencia de haber desarrollado técnicas altamente eficientes para la transmisión y difusion del conocimiento (desde la invención de los abecedarios y el sistema numérico decimal, hasta la invención del sistema binario, que es el lenguaje de la tecnología), no ha habido un nuevo salto evolutivo significativo (salvo que en algunas zonas del africa, algunos hombres han desarrollado un DNA que se protege de la malaria). Entonces, la capacidad de innovación del hombre ha llegado a alcanzar dinámicas tan complejas que pueden incluso superar la velocidad evolutiva de la naturaleza. Es decir, vivimos en un punto determinado en el cual no solo podremos generar nuestra propia evolución, a través de los avances de la biotecnología, sino que podremos generar inteligencia artificial con capacidad de encontrar sus propias dinámicas y ritmos evolutivos.
No en vano, ya hace algunos años, la computadora es capaz de vencer a los mejores ajedrecistas del mundo y se proyecta que dentro de los próximos 20 años se creará un centro de inteligencia mayor que el cerebro de cualquier ser humano. Por otro lado, es bien sabido que los adelantos en la ciencia del DNA y nuestra capacidad de modificarlo, pero además, contamos hoy con la tecnología suficiente como para implantar chips en seres humanos que nos permiten controlar el mouse de una computadora con solo pensarlo.
Si bien Asimov imaginaba a hombres con capacidad de manejar sus ecosistemas con el cerebro muchos miles de años en el futuro, quizá solo tengamos que esperar unos cuantos decenios para poder aprender el ingles o el chino mandarín comprando un chip y haciendo el download a nuestros cerebros.
